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© Carlos M. Ortega Vilas |
—Mosca ha perdido el conocimiento, si alguna vez lo tuvo.
En días como estos, uno se pregunta. Días como estos hay tantos en el calendario, vienen por defecto, los regalan en cada esquina del tiempo que se te va y en el que tienes por delante, todo de saldo, demacrado antes de usar. Inservible, reventado. Abro una revista, por no ver tanto blanco, tanto gris, tan poca mosca torpe que no sobrevivió al invierno que ni siquiera ha llegado. Abro la revista y me salta encima esa noticia. ONU nombra embajadora astrofísica coordinar respuesta humanidad ante contacto alienígena. Misión: esterilizar toda criatura estelar caída en planeta Tierra. Pienso en ET, en su dedito tieso, cercenado por esta astrofísica malaya —guantes estériles—. No es nada personal, le dice, puro trámite aduanero. Cierro la revista, trastornado. En días como estos, noticias como estas. Dan ganas de ahogarse en licor, pero no tengo. Me levanto de mi silla azul…
… Que ni siquiera es mía, entro en la cocina, pongo café al fuego. Mucho café, como para resucitar a Mosca, mientras pienso en la silla azul que no es mía. En la casa que no es mía, en la cafetera que no es mía —el café sí, tengo pruebas—. En él, que tampoco es mío, porque nada te pertenece menos que la persona que amas, o el alienígena que amas, aunque estéril ya, aunque sin dedito tieso. En fin, pienso que nada es mío. Salvo el café. Me aferro a él. Me lo bebo, aunque no me hace sentir mejor ni más dueño de algo ni más animado de lo que está Mosca ahora mismo, a los pies de esta pantalla, ya no tan blanca. No ya tan muda.
Pero igualmente desconsolada, en —cestos setos sectas insectos— días como estos.